Escribir
la guerra
Tenía 6 años cuando la guerra de Malvinas empezó. Esas Islas pequeñas la costado del mapa continental de Argentina se volvieron un dibujo importante, aún cuando no llegaba a entender de qué se trataba, ni qué era una guerra.
Se necesitaron muchos años para que esa comprensión fuera posible, y la de todo el contexto que rodea a las Islas Malvinas y al reclamo de nuestra soberanía como país, sobre ellas.
De ese tiempo, que inició un 2 de abril de 1982, conservo algunos poco recuerdos: las colectas de alimentos y abrigo para los soldados, que se difundían por ATC; las maestras hablando en la escuela sobre la importancia de esos eventos; los titulares de los diarios y las revistas que papá leía… no mucho más.
El relato de como algunos hombres demasiado cercanos a la familia se “salvaron” de tener que ser parte de ella, también lo recuerdo: tal vez porque uno de ellos fue mi padrino, no lo sé.
La película “Los chicos de la guerra”, que llegó unos años después, forma parte de la poca memoria en tiempo real.
Más adelante, cuando crecí, la guerra se volvió relato en primera persona: el marido de una amiga que había estado en “el Belgrano” cuando lo bombardearon; el marido de una prima que combatió en tierra…
Las voces de los que estuvieron ahí convirtieron a la guerra en algo real, tangible, concreto.
No sé cuando tomé consciencia real de lo que significó ese tiempo, de las huellas que dejó, del horror que implicó.
Tal vez el día que el marido de mi amiga, mientras compartíamos la tarde en su casa de Mar del Plata, me leyó su nombre de entre la lista de sobrevivientes que figura en el libro sobre la historia del Gral. Belgrano. O cuando lo vi mirar por horas como se derretía la cera de una vela, fascinado con las formas que se iban creando mientras esto pasaba. No sé si importa, tampoco.
El año pasado, en el CINO de la carrera de Artes de la Escritura que comencé a cursar en la UNA, nos hicieron leer “Los Pichiciegos”, un libro sobre la guerra, escrito durante la guerra, por Rodolfo Fogwill, que impresiona porque describe, mientras pasaba y nadie lo sabía, lo que se iba a conocer muchos años después: los horrores que se sufrieron los pibes que pelearon esa guerra.
En el aula del taller de escritura convivíamos quienes algo recordábamos de la guerra, con gente de apenas 20 años: lo que circuló en ese espacio los últimos días de junio de 2025, nos conmovió a todos.
Recuperar la memoria
La propuesta del taller fue escribir un texto que recuperara a algún personaje del libro, y narrara algo de su historia desde la voz de otro personaje: algún amigo o familiar, un personaje allegado a ese otro, que nosotros inventaríamos. La pauta más importante, tal vez, era que tenía que estar narrado em un tiempo anterior o posterior al de la guerra, o sea, en un tiempo diferente al del relato de Fogwill.
La guerra de Malvinas fue uno de los horrores que la última dictadura militar que vivimos en argentina, hace ya cincuenta años, dejó. Uno de los más dolorosos, perversos y terribles.
Poder pensarla desde lo literario, fue, por el contrario, para mí, una de las formas más hermosas de reivindicar a esos pibes que volvieron escondidos en camiones para que el pueblo no los viera, y que fueron invisibilizados por un estado al que jamás le importaron.
Hoy, a 44 años del inicio de esa guerra, tuve ganas de compartir lo que escribí para ese ejercicio: es un texto que construí un poco a partir del recuerdo nebuloso que guardo de ese tiempo, un poco a partir de las palabras de quienes estuvieron allí, y otro poco a partir de recuerdos míos de la adolescencia, cuando aún mis amigos tenían que hacer el servicio militar que recién en 1994 dejó de ser obligatorio, y al cual se entraba por sorteo al cumplir 18 años.
Se los dejo abajo.
Sorteo
El sorteo de la colimba paraliza a la escuela todos los años. Pero este es distinto: nos toca a nosotros escuchar la transmisión en Radio Nacional, cruzando los dedos, y pidiendo que ninguno de los chicos salga sorteado. Yo me siento pegada al flaco. Tengo en la mano el rosario que me dio mi vieja, para la suerte, me dijo
Gustavo prende la radio, como quien dirige una ceremonia: ¡es más pabote! Toma la perilla y empieza a hacerla girar excesivamente despacio: dice que no quiere pasarse de largo el dial, mientras sus dedos gruesos se enredan entre sí dando vueltas la rueda. El parlante solo devuelve fritura y yo ya no sé cómo sentarme. Le aprieto tanto la mano a Pablo, que me dice ¿no ibas a sostener el rosario, vos?, mientras me mira con esos ojos que me hipnotizaron desde que apareció en la puerta del aula, en segundo año. Me lo acuerdo patente: se había mudado, era “el nuevo”, y yo, desde mi banco, lo miraba embobada, porque jamás había visto unos ojos tan azules. Se sentó atrás mío. A las dos semanas ya andábamos noviando. No nos separamos más. En la radio el locutor habla, pero yo no lo escucho. De golpe todos giran y nos miran. Gustavo está paralizado, Miriam llora, Adriana se tapa la boca. Y yo, que empiezo a entender, me quedo callada.
No sé qué pasa por su cabeza, tampoco por la mía. Me miro la mano y pienso que rosario de mierda, no sirvió para nada. Y lo tiró con rabia por la ventana del aula.
Cuando lo hago no tengo idea que un año después voy a pensar si fue eso lo que lo maldijo, lo que lo condenó a morir en esas islas heladas, en una guerra inmunda, de la que ni siquiera volvió su cuerpo.
Lorena Mariana Venticinque.
Julio de 2025
gracias por leerme.
Lore




Bellisimo tu escrito y tu comentario sobre Malvinas. Gracias por recordar nuestra experiencia en el Cino; además, cada experiencia de la guerra reverbera en nuestro incosciente colectivo.